LA UNIVERSIDAD FRENTE A LA EXPERIENCIA DEL SUFRIMIENTO

 Por Harold S. Pascagaza

                                                                        Universidad Pedagógica Nacional

Abril, 2024

LA UNIVERSIDAD FRENTE A LA EXPERIENCIA DEL SUFRIMIENTO

La ausencia, el dolor, la pérdida y el desgarramiento han estado presentes en la UPN en las últimas semanas de manera latente: a esa recurrencia de la experiencia del sufrimiento puede llamarse también la permanencia de una crisis. Las dimensiones de tal crisis son diversas y los marcos comprensivos del asunto son variados en alcance e intencionalidad; no es interés aquí discutirlos, sino apenas sugerir un horizonte de reflexión.

El propósito es concebir la permanencia de la crisis como condición para el pensamiento y para la acción; en este sentido, concebirla como una tarea de investigación personal y autónoma que pueda llevarnos a un diálogo sobre nuestros temores, ideas y formas de refugio o de cuidado como maestros y maestras en formación. Parece un buen principio el reconocer la ignorancia propia acerca de la experiencia del sufrimiento de los otros y la necesidad de escucharnos con atención; también, el poner a examen nuestras consideraciones acerca de la muerte (como fenómeno cultural y educativo, aún en contraste con otras perspectivas como la socrática, que nutra nuestras comprensiones y sensibilidades). 

No importan tanto la respuesta que demos como el tiempo de reflexión colectiva, pues, el despliegue del pensamiento, aunque no sólo, es aquello a lo que parece más pertinente acudir ante la crisis. Entonces, ¿cómo vamos a habérnosla con esta realidad? Parece ser la pregunta. Exploremos las dos apuestas esbozadas anteriormente: en primer lugar, el reconocer nuestra propia ignorancia acerca de la experiencia del sufrimiento de los y las otras nos evita la pena del complejo salvador de las tragedias “ajenas”, noble tentación, infortunada vocación redentora; en cambio, la honestidad sobre nuestras posibilidades, es decir, sobre nuestros límites, es condición necesaria para abordar con seriedad grupal el dolor y la crisis que todos y todas atravesamos. 

Todavía se presenta el caso en el cual no hemos considerado nuestra propia experiencia del sufrimiento si quiera. Nuestra responsabilidad con este asunto, como maestros y maestras en formación (y también de los y las profes de la universidad), es inevitable. Sea esta una ocasión para volver sobre sí en clave de examinar una inquietud común acerca del dolor, la muerte y la vida que tenemos delante, en su relación con la universidad, los saberes y los afectos cercanos. Sea, no por alegre momento ocioso, sino porque, justamente, es en estos momentos de reconocimiento de la ignorancia propia en que podemos afirmar, con Epicuro, que nunca es temprano ni tarde cuando se trata de ocuparnos de la salud del alma. 

Es claro que volver sobre sí es una tarea urgente para encontrarnos auténticamente con los y las demás. De tal modo que nuestro lenguaje sobre el dolor no sea una sola abstracción fija e infranqueable en la intimidad de cada quien, sino un verdadero puente, una comunicación efectiva, no de impresiones aparentes y reproducidas sin crítica, sino de elaboraciones personales que sumen su luz y dirijan el fuego de la rabia común. Lo anterior implica unas disposiciones para la autoexploración y, evidentemente, tiempos y espacios para ello: si la universidad realmente está comprometida con la salud mental no puede renunciar a pensar la muerte (menos en perspectiva de la historia de sus estudiantes, trabajadores y profesores); entonces, debe procurar las condiciones para desplegar el pensamiento. 

Tenemos la mitad cada quien: nuestra experiencia personal del sufrimiento y nuestras disciplinas y saberes pedagógicos. Nuestro asunto es mayor: profes en formación de biología, de música, de filosofía, de diseño tecnológico, la universidad en su conjunto, ¿no es para la vida que nos disponemos ante el saber y la formación docente? Eso nos implica, de suyo, no abstraernos de pensar la muerte, pues, como escribiría Marx en su tesis doctoral, ésta está prefigurada en lo viviente. Nuestra realidad parece exigirnos justificaciones, desde las pedagogías presentes en la universidad, sobre la pertinencia de hacer de la muerte un objeto de reflexión en nuestro escenario educativo, porque apartar la vista sólo prolonga los dolores y los reproduce por indolencia. 

En segundo lugar, es una exigencia del contexto revalorar la experiencia conjunta del sufrimiento y de la muerte. No para pasmar la actitud creativa y desafiante a causa del miedo, sino en perspectiva de hacer de su realidad una posibilidad de vitalizar nuestros tiempos, espacios y saberes en la universidad, así como nuestras proyecciones en aulas escolares y territorios. En el escenario actual, tras la asamblea del 3 de abril, apoyar la propuesta de abrir una cátedra relativa al cuidado de sí, al cuidado comunitario de la salud mental (también del cuerpo, profes), al duelo y la muerte, es necesario y se encamina en vía de la misión de la universidad, siempre que no sea ajena a la formación de maestros y maestras. Eso sí, habría que procurar no perder la capacidad de crítica acerca de los problemas estructurales, tampoco la amplitud en la denuncia, más allá o a la par de la adecuada formación personal sobre las emociones, por ejemplo. 

La institución tiene trabajo que hacer y seguir en la exigencia de su cumplimiento es un deber; además, un escenario de dignificación para la labor docente desde la etapa formativa inicial en pregrado. A la vez, cada una de nosotras y nosotros tiene delante un llamado: ser parte del recogimiento cuidadoso y de la participación pública en la Universidad. No se trata tanto de resolver de modo definitivo y seguro la crisis como de hacerse cargo de su existencia: ahí, en la construcción de un escenario serio y participativo para el conflicto y la crisis, disputamos también las posibilidades de elaborar un proyecto colectivo de universidad, de pedagogía y de ética docente.

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